La divulgación de la ciencia implica poner los conocimientos producidos en los centros de investigación al alcance de otros actores. La ponencia examina las relaciones entre científicos, comunicadores y comunidad, y distingue entre la divulgación científica, dirigida a investigadores y especialistas, y la divulgación comunitaria, orientada a facilitar que la población comprenda y utilice esos conocimientos.
El texto analiza las tensiones que atraviesan estas prácticas: los diferentes criterios de verdad, tiempos de trabajo y lenguajes empleados por científicos y comunicadores; la necesidad de mantener el rigor al reducir la complejidad; y el predominio de un modelo que considera a los destinatarios como receptores pasivos. Frente a ello, propone entender la comunicación como un proceso cultural de producción de sentidos.
Por último, plantea varios desafíos: reconocer la diversidad de actores y mediaciones, promover el aprendizaje social, articular los saberes científicos con los conocimientos que surgen de la experiencia cotidiana y asumir la mediación pedagógica como una responsabilidad de los comunicadores. En el ámbito de la salud, esta transformación debe contribuir a promover una cultura de la calidad de vida basada en los beneficios de los hábitos saludables.